Las navidades de los seminaristas de Zamora durante la contienda civil

La Opinion 24-12-2008

RUFO GAMAZO RICO.

En Cataluña al gallo le llegaba su "San Martín" en Navidad. "Por Navidad mataremos el gallo", rezaba el dicho gozoso que parecía aludir al capón criado y cebado para la cena familiar de la Nochebuena. Pero los reyes tradicionales de la gastronomía navideña son tres; la lombarda que gracias a su color cardenalicio, presume de señorío ante la berza humilde; el "bisojo" besugo al horno y el pavo, con mayúscula. Uno de los setenta y tres tipos populares por razón del oficio que en "El vivir humilde" Pedro Alvarez nos pinta y a veces dibuja de su mano, es una garrida pavera. El novelista zamorano enlaza con el mejor costumbrismo español: los tipos y aperos que retrataba son el acta notarial de un

vivir humilde y honesto desaparecido. «No hay, escribe a propósito de la pavera, nadie como Manuela "La Melita" para echar pavos, con lo delicados que son, no ya de pequeñines, sino de pavipollos». Manuela los cuidaba como una madrecita, desde que salían del huevo hasta que gordos, prietos los muslos, los vendía, vísperas de Navidad.

Don César Sánchez Llamas, administrador del Seminario Conciliar, acertaba a cohonestar las dificultades económicas con las tradiciones culinarias de las fiestas. En la cena de Nochebuena sustituía con la morada lombarda las berzas verduscas con bichitos del rutinario cocido cotidiano; alguna vez oí alabar su buen ojo para elegir los mejores pavos, los más gordos y sabrosos; nada cuesta imaginar que se los compraría a "La Melita", la pavera "en la edad del pavo" biografiada por Pedro Alvarez. Agradecían los seminaristas los buenos oficios de don César y celebraban las excelencias del pavo. A pesar de los muchos años transcurridos recuerdo el homenaje que el sacrificado animal recibía en una de las noches siguientes a la Navidad: antes de la cena, subía al púlpito del refectorio Carlitos, un seminarista de tímidos modales y voz aflautada; con gesto serio, imitaba el guglutear del pavo y anunciaba; Pavada. Y recitaba una elegía sacada de su caletre, por las generosas gallináceas degolladas por el cocinero Julio para nosotros; lógicamente, en el refectorio del Seminario la elegía sonaba a responso suavizado por el humor.
No sé cómo se las arreglaba don César para que no nos faltara el pavo en los años de la Guerra Civil cuando empezaban a escasear los abastos, y la mayor parte del Seminario fue destinada a hospital de sangre; los heridos ocupaban todas las habitaciones y numerosas camas fueron instaladas en los claustros. Sin embargo y a pesar de verse reducida a la parte baja del edificio, con el teatro como dormitorio, la vida colegial transcurrió sin mayores dificultades. Era más bien escasa la relación entre seminario y hospital; pero recuerdo que a la Misa del Gallo de 1937 celebrada en la capilla asistieron algunos médicos y enfermeras con su "jefa" Teresa Pastor. Por motivos profesionales me tocó como corresponsal vivir otra Noche de Paz en Sidi Ifni en los días más comprometidos de la llamada "guerra ignorada". En el casino de oficiales cenamos fideos, mortadela rebozada, una naranja y confites. Luego, unos cuantos paisanos del "ejército de la gabardina" abrigados con el surjan y armados de mosquetón, salimos de ronda con este santo y seña, sin duda oportuno: "Belén, Judea. Esta noche es Nochebuena". A veces las contradicciones no son tan irreconciliables como parecen. Tampoco la Misa del Gallo se celebró siempre en medio de un ambiente serio y formal de recogimiento como ahora; hace siglos, en algunas catedrales y grandes templos el júbilo religioso degeneraba en juvenil bullicio y en juerga. La Iglesia acertó a poner remedio y restituir a la celebración del nacimiento del Niño su verdadero carácter.