Sin calle pero con credenciales literarias

(0pinion zamora 22-12-2008)

La novela "Los chachos", de Pedro Alvarez, aparecerá a principios del próximo mes, rescatada del olvido por el "Florián de Ocampo"

La calidad de una obra, literaria o profesional, está muy por encima de la ideología, sea ésta o aquella, de su autor. Pedro Alvarez, periodista y novelista, no dispondrá de placa en el callejero de Zamora. Tampoco Carlos Llamas. No lo quieren algunos grupos políticos del Ayuntamiento. Ignoran, unos y otros, que está por demostrar en justicia la inclusión de algunos nombres en los rótulos de las vías públicas. El IEZ subsanará el olvido del autor de Villalba. Publicará, a principios de 2009, la novela "Los chachos".

JESÚS HERNÁNDEZ. Como calcados. Que sí. En eso, aunque tan diferentes, calcadicos. Así sucedió el pasado martes en la Comisión de Juventud, Educación y Cultura del Consistorio zamorano. La escritura, periodismo o creación literaria, a la calle, pero sin nombre. Como antaño: «de los nuestros» o «de los otros». Todavía excluyentes. Todavía, por lo visto, en ésas.
Pedro Alvarez Gómez nació el 29 de junio de 1909, en la Lampreana, y contaba pocos años -vivía la primera infancia- cuando una enfermedad

restringió su actividad física. ¿Temprano madrugó la madrugada?, en palabra hernandiana. Cursó el bachillerato en el colegio "San Lucas", junto a la arciprestal de San Pedro y San Ildefonso, que dirigía un sacerdote-pedagogo. En Madrid, estudió la carrera de Derecho. Como decían por entonces, "con buen provecho". Aprobó una oposición del Ministerio de Instrucción Pública, y fue destinado a Salamanca: a su Universidad. Sus iniciales colaboraciones periodísticas, en su etapa de estudiante universitario, maduraron en una vocación firme: literaria y periodística. Dirigió tres diarios: "Baleares" (de Palma de Mallorca), "Odiel" (Huelva) y "Córdoba" (de aquella ciudad andaluza, de 1944 a 1972, momento de su jubilación voluntaria). Y allí, a la vera de la Mezquita, ahora de fe tan cristiana, falleció el 26 de mayo de 1983.
"Cada cien ratas, un permiso" (1939). Ese título, aparentemente tremendista, constituyó su estreno literario. La obra recibió el Premio Vértice a la mejor novela de guerra. Alvarez Gómez, sin embargo, no fue combatiente, no fue pegando tiros por ahí. No conoció trincheras, ranchos y primeras líneas de fuego. Posteriormente, en 1942, apareció su segunda novela: "Nasa". Si "Los chachos" -publicada como folletón en la revista "El Español"- es la tercera, "Los colegiales de San Marcos", de 1944, figura como la cuarta en su breve bibliografía. En cinco años. Ahí acabó su primera e intensa etapa creativa. Esta tendría continuidad en "Los dos caminos" (1951), la biografía del guerrillero "Juan Martín, El Empecinado" (el mismo año) y "El vivir humilde" (1983), donde recreaba los antiguos oficios, extinguidos o en su agonía. El "Florián de Ocampo" recupera la obra de Pedro Alvarez, autor bien estudiado por Ana Isabel Almendral, profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha. Algunos tendrán, así, la posibilidad de su lectura, y de confirmar o desmentir su criterio previo. Si se descartan anteojeras. Lo primero: la obra. Canonizar o mandar a los infiernos, sólo por cuestiones ideológicas, tan carpetovetónico, es signo de pobreza intelectual. Al menos, de escasez de lecturas. De las que abren ventanas.
La obra de Pedro Alvarez se caracteriza por la utilización de un léxico feraz, propio de los trabajos y de la vida en el campo, que estaban en el habla cotidiana y en la memoria de aquellos habitantes que miraban al cielo y al suelo. Tal lozanía de los términos, algunos, o muchos, ya en desuso, con los cambios tecnológicos, puede resultar extraña a los lectores jóvenes y urbanitas, especialistas en vocabularios misérrimos y, con frecuencia, en descoyuntar palabras y construcciones. Al menos, esa prosa -para tantos, téngase a mano un diccionario-, hecha de justeza y naturalidad, porque el pueblo hablaba así, se comunicaba así, con su vecino, queda registrada. Ya vendrán, mañana, pasado mañana, cuando sea, los filólogos-entomólogos, y nos harán ver, en un sentido o en otro, lo que hoy no vislumbramos bien. Cuántos soles, cuántos seranos, cuántos laboreos. Porque una palabra es (porque refleja) un mundo. Su novelística recoge, en algún caso, observaciones autobiográficas. Porque nutren de existencia verdadera. Tal sucede con la evocación del colegio "San Lucas".
El IEZ otorgó una beca de investigación a la profesora Almendral Oppermann, experta en la producción de Pedro Alvarez, en el año 2001, y realizó un excelente trabajo. Y ahí, en el estudio que desbroza y desvela, está el origen de la nueva edición de "Los chachos". El "Florián de Ocampo" optó por la publicación paulatina de sus obras, dada la capacidad presupuestaria de la institución cultural. Otros estimaban, por el contrario, que lo adecuado era la edición de sus obras completas.
La publicación de esa novela, con singular riqueza lingüística, aunque cánones y estéticas han cambiado mucho desde aquellos cuarenta, pone a la vista una trama que trae a la memoria aquella literatura picaresca. Un realismo, en este caso, muy zamorano. O muy cercano. La obra se divide en XXI recreos (capítulos). Consta, al final, de un apartado que se dedica al léxico. Un abecedario ofrece entradas -de abalear a zaranda, de aperruñar a zumbel- de aquellos términos que pueden resultar, hoy, extraños a algunos oídos. Tan propios, pero tan extraños. La obra, en su nueva edición, se ilustra con una treintena de dibujos de Teodoro Delgado? Leer para conocer (al menos, mejor). Para elogiar o para lo otro.